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jueves, 7 de noviembre de 2013

DEL POR QUÉ A LOS MADRILEÑOS SE LES CONOCE COMO GATOS

Al madrileño castizamente se le conoce como gato, pero ¿de dónde surge este apelativo?  Para encontrar el origen de este apodo tenemos que viajar en el tiempo hasta el año 1083.
 
Riña de Gatos, Francisco de Goya 1786-1787
En el año 865, Muhammad I, hijo de Abderramán II, mandó fortificar la aldea de Mayrit con una muralla (otro día veremos el origen del nombre de Madrid) de tal forma que, pese a los numerosos intentos, la villa se convirtió en inexpugnable hasta 1083. Es en este año cuando el rey Alfonso VI de Castilla decide conquistar Toledo y se da cuenta de que debe liberar Mayrit con el fin de no dejar ningún bastión en la retaguardia.

Una vez sitiada la villa de Mayrit se dieron cuenta de que les era imposible franquear las murallas. Sin embargo, un joven, que de joven que era parecía casi un niño, había conseguido burlar a los guardias y colarse entre los guerreros del campamento. Fue llevado ante el rey, el cual al preguntar su nombre obtuvo como respuesta: Me llaman Gato. Así era conocido por su destreza a la hora de saltar y escalar muros que para otros eran inalcanzables.

El muchacho se encontró a la mañana siguiente escalando uno de los muros de Mayrit ante la atenta y sepulcral mirada de sus compañeros. Cuando alcanzó una de las torres de vigilancia lanzó una cuerda para que el resto de soldados pudiesen trepar. Así, aquel joven consiguió una victoria para los cristianos aquel día. Así, dicen, se reconquistó Madrid.

Con el paso del tiempo se ha olvidado el nombre de aquel joven, solo se recuerda que cambió su nombre de familia por el de “Gato” y que incluyó en su escudo de armas al felino que le sirvió de inspiración.

Hoy, pese a que en un principio se usaba el apelativo de gato para referirse a un madrileño que tuviese arrojo, se conoce como gato a todo aquel nacido en Madrid. Es más, sólo se es gato, gato si los dos padres de uno han nacido en la ciudad.

lunes, 9 de septiembre de 2013

LA ESTATUA DE FELIPE III Y EL CEMENTERIO DE GORRIONES

La curiosa historia de hoy nos lleva hasta la Plaza Mayor, hasta los pies de una estatua que a muy buen seguro la gran mayoría conocerá: la que representa al rey Felipe III a lomos de su caballo.
Estatua de Felipe III en 1915. [Postales de Madrid] Fotpia. Castañeira, Alvarez y Levenfeld

La estatua fue realizada en 1616 por Juan de Bolonia el cual hizo el vaciado en bronce y por Pietro Tacca que remataría los detalles de la misma. Pese a todo, la estatua no ha estado toda su vida en el sitio en el que hoy la conocemos. Hasta 1617 permaneció en los jardines de el Reservado del palacio de los Vargas de la Casa de Campo, momento en que la reina Isabel II, a propuesta de Ramón Mesonero Romanos, manda trasladar la estatua a la Plaza Mayor.

Sin embargo, en 1873, con la proclamación de la República, se la traslada a un almacén con el objetivo de ocultarla del público, ya fuese para protegerla de cualquier desperfecto o para evitar cualquier símbolo de la monarquía. La estatua volvería a su ubicación anterior con la subida al trono de Alfonso XII.

Años más tiene lugar la historia que hoy nos atañe. Estamos en 1931, momento en que tiene lugar el alzamiento de la II República, es durante este período cuando la estatua sufre un mayor número de destrozos. Un día, un militante de izquierdas se aproxima a la estatua con un artefacto explosivo con la idea de introducirla en su boca y así dañar a la misma. Lo que nadie esperaba en el momento en que la explosión tuvo lugar es que junto a los restos de la estatua volaran por los aires miles de pequeños huesos que dejaron estupefactos a los allí presentes.

¿De dónde provenían aquellos huesecillos?

Los restos pertenecían a gorriones que se apoyaban en la boca del caballo y caían en su interior, ignorando que se trataba de una trampa mortal para ellos, ya que les era imposible volver a salir aleteando debido a la estrechez del cuello del equino. Terminaban así las diminutas aves presas, aleteando hasta morir.

El escultor Juan Cristóbal reformaría la estatua durante la II República, impidiendo de paso que volviese a convertirse en un cementerio de gorriones.

miércoles, 10 de abril de 2013

EL PALACIO DE LINARES




Hacía casi quinientos años que Colón llegase a las Américas por una especia de malentendido. Madrid, España en general, se disponía a conmemorar tal acontecimiento cuando los telediarios comenzaron a abrir con una noticia, cuanto menos, sorprendente: las voces de la pequeña Raimunda.

Si caminamos alrededor de la plaza de Cibeles nos encontraremos cara a cara con lo que un día fueron los antiguos almacenes de cereal construidos para paliar cualquier caso de falta de abastecimiento. Allí, en lo que una vez fuesen los antiguos Molinos de Plata y el Pósito Real de Madrid (los almacenes mencionados), se alza el Palacio de Linares, o, como es conocido hoy día, la Casa de América.



El edificio se abrió de cara al público tras una larga rehabilitación en 1992, coincidiendo con el aniversario del descubrimiento de América, acogiendo desde entonces exposiciones, cursos... Pero poco antes el Palacio de Linares saltó a nuestras vidas por una noticia que daba Televisión Española en la que una desconocida por entonces doctora, llamada Carmen Sánchez de Castro mostraba unas psicofonías en las que escuchábamos a una niña que decía: “Mamá, mamá… Yo no tengo mamá”. A una mujer se lamentaba: “Mi hija Raimunda… Nunca oí decir mamá” y otra que recogía una voz masculina que exclamaba: “¡Fuera… no, aquí no!

¿De dónde procedía estas supuesta historia?

Empieza la historia de nuestro emblemático edificio de hoy en el año 1872, cuando José de Murga, primer marqués de Linares decidió adquirir un solar de unos tres mil sesenta y cuatro metros al ayuntamiento de Madrid. Dicho marqués presumía de liberal, hecho que demostró a su hijo firmándole que no creía en los matrimonios de conveniencia y que, si debía casarse, lo hiciese por amor. Si llegase el caso aceptaría incluso a una joven de condición más baja que la suya, así de moderno era nuestro marqués.

Una mañana, o quizá se tratase de una tarde, el hijo de tan moderno marqués, llamado también José, llegó a su casa confesando a su padre lo locamente enamorado que estaba de la hija de una estanquera de la calle Hortaleza. Sus palabras cayeron en saco roto hasta que poco después declarase la relación que mantenía con Raimunda, nombre de la hija de la cigarrera, y las intenciones que tenía de casarse con ella. El marqués cambió su semblante moderno y decidió mandar a su hijo a Londres, alejando a los enamorados.

Suponemos que el joven José de Murga pasa un tiempo en Londres, aprendiendo lo mejor y lo peor que pudo de cada situación, para al final regresar a Madrid. Regresa a la muerte de su padre, siendo así el heredero del título. Sin una figura paterna que le reprochase sus paseos y miradas indebidas, José visita a su amada y cumple lo que dejó pendiente años atrás: marqués e hija de estanquera acaban por contraer matrimonio.

Días, años, o quizá meses después de tan felices nupcias, José deambula por la casa y se entretiene abriendo y cerrando cajones investigando su contenido. Cuál sería su sorpresa al encontrar una carta de su padre que no le fue entregada. En aquella misiva José descubrió que su padre había sido infiel a su madre, descubrió la relación adultera que había mantenido con una estanquera, de una calle cercana llamada Raimunda. No eran pocos los sentimientos encontrados que pudieron cruzar por su mente en aquel momento, menos aún al descubrir que de aquellos encuentros tuvo fruto el nacimiento de una niña, llamada, al igual que su madre Raimunda.

Podemos imaginar el impacto que pudo tener en José de Murga tal noticia, se había casado con su propia hermana, podemos intuir la reacción de ambos al volverse hacia el fruto de su amor, aquella pequeña criatura, que habían dado a luz poco atrás. José y Raimunda habían tenido descendencia, una pequeña que había recibido el mismo nombre de su madre y su abuela. 

 

Y aquí es cuando empiezan nuestras leyendas.

Unas dicen que la pequeña Raimunda fue enviada a un monasterio, otra que fue enterrada o emparedada.

La tan famosa casa de muñecas, que se supone fuese uno de los lugares de recreo de la pequeña Raimunda, ha acabado siendo un almácen. Tan nombrada casa tiene fama de ser la prueba de que la pequeña Raimunda existió. Si tenéis la oportunidad de visitar la Casa de América no dudéis en visitarla y contarnos vuestras sensaciones.

lunes, 25 de marzo de 2013

BIENVENIDOS A TODOS

Foto: Mayte Arnáiz 


  Una ciudad es un ser vivo. Palpita cada una de sus calles. Tiene arterias que a menudo se taponan como consecuencia de una muy mala salud. Fuma gases tóxicos. Duerme poco, aunque cuando lo hace su ritmo se ralentiza y se vuelve calmada. Pasearla es acariciarla, es tocar las cicatrices que el tiempo ha dejado en ella. Aquí un bombardeo, ahí un asesinato, más allá un atentado. También es recorrer la piel que ya han tocado otro amantes que llegaron antes que nosotros; artistas, reyes y putas.

  Tuve la gran suerte de haber dado el primer berrido en Madrid, y desde entonces esta ciudad me ha visto llorar tantas veces como me ha escuchado reír. Ha guardado secretos como la mejor de las amigas, me ha acompañado cuando he querido estar sola. Me alimenta con una vida cultural que a veces creo que no nos merecemos, y cada rincón tiene grabado un recuerdo.
A veces paseo por el Barrio de las Letras preguntándome si mi pié está dando contra la que una vez fue la pisada de Góngora. Pienso que José Cadalso desenterró a su amada para darle un último beso en el cementerio en el que ahora se encuentra la magnífica floristería El Jardín del Ángel. Que cerca del Instituto Italiano, la princesa de Éboli se encontraba en secreto con Antonio Pérez, secretario real de Felipe II, siglos antes de que Mariano José de Larra se volara la cabeza por amor. Sí, Madrid ha sido y es una cortesana ocupada, y sus amantes se cuentan por miles. Yo, me siento afortunada de ser uno de ellos, porque cuando la recorro se entrega a mí de tal manera que parece que ella viva por mí y yo por ella.

  Este diario de Madrid pretende unir el pasado y el presente; anécdotas, imágenes, personajes. Hablaremos de arte, de poesía, de bares y paseos, pero, más allá de todo eso, este diario es una declaración de amor para ti, Madrid, que me encuentras cuando me busco.